Catriela Soleri
Probé a Dios en la carne de una manzana, y no compartí su sabor con nadie.
Quise devorarlo, llenarme de él de una sola vez, hastiarme, hasta dormir en paz llorando.
Pero Dios murió en mí. En el recuerdo de mi éxtasis.


Tiempo después, busqué a Dios en otra manzana, en la que por supuesto no lo encontré.
Me reproché haber mantenido la enseñanza para mí. Pero al día siguiente, lo encontré de nuevo en otra manzana. La compartí, y desde entonces, su sabor, no fue el mismo.
La esencia de Dios se distribuyó, en ahora, dos cuerpos.
Salpiqué un espejo con el jugo de la manzana. Y no se reflejó.

Dios debió quedarse en mí y mi recuerdo solamente. Conocí el sabor de Dios; e igual que la manzana, se acabó.
Cuando no tuve más que comerle, tiré su cadáver. Junto a otros deshechos.