Catriela Soleri
Tus caricias en mi espalda, como el viento meciendo las hojas de árboles en otoño.
Caigo, y me elevo. Vuelo alto, vuelo lejos.
Me gustan mis ojos cuando se reflejan en los tuyos.

Bailo con un miedo disfrazado de reclamo. Que se oculta. Que se esconde, hasta que se hace obvia la indigestión.

Tú no estás enferma. Tú estás triste.
¿Y si fuera cierto? Aquí nadie se muere.
La gente que muere, está en tierra llana. Nadando en cazos dulces.
Y vaya que mueren.
Han muerto muchos.


En mesas redondas se discuten finales tristes. Porque la gente ahora vive buscando tragedias, para hacerlas propias.


Otra vez el miedo. ¿A qué? A lo distinto, digo yo.
Aunque no conozca una verdad. Puedo hablar de otras no verdades.
Porque como tú, miento yo también.

No suelo adelantarme. Me gusta caminar en el frío y blanco pasillo, para que la noche se alargue.
Y pienso en sueños ajenos. Sueños que se reinterpretan a sí mismos; a nosotros ajenos.

Me expando en ti. Me comprimo en otros.
Los silencios se necesitan. Existen.
¿Acaso alguien tiene vocación de entender?

Pero, ¿qué se entiende?
Algo. Algo ha de ser entendido alguna vez.
2 Responses
  1. Y creo que esa enfermedad crece más cuando te despojan de tu cama y ese calor necesario en estos días invernales e infernales.

    Muchas veces caminar por aquellos pasillos te deja mucho mas que una felicidad momentánea, sino mejores ideas y te das el gusto de lanzar comentarios sarcásticos a aquellos con el perfil ibérico.


  2. Lalo Says:

    Curiosamente acabo de escribir una entrada en mi blog hablando de lo contrario: No estar triste, sino enfermo...

    Vaya cosas.